
Y en una larga noche de luna, pude ver ese ángel que descendía a mi encuentro.
Era tan resplandeciente, que en un instante encandiló mis ojos. Emprendimos viaje. Fue él y en aquél momento, quien me abrió la puerta hacia ese nuevo mundo, el de la utopía.
No podía sino, observar con curiosidad mi extraño viaje hacia los sueños.
Y es que acá todo lo imposible se siente cada vez más distante...
Por ese entonces, se abrió ante mí, un abanico de preguntas. Quizá en mi afán de encontrarlas, dí en laberintos de tinieblas. Poco a poco visualicé una luz bien clara. Y es que fue la Luna y ese Ángel, quienes me prestaron su resplandor.
A lo lejos, supe escuchar voces. Voces que pude reconocer. Pegaban gritos, pero yo me encontraba en otro lugar. Difícil era ya volver. Aquellos gritos se perdieron en el espacio..
Ese ángel fue mostrándome más sueños, nuevos refugios. Me contó de qué trataban allí. Me señaló cosas que en el otro espacio siquiera había notado su existencia. Me enseñó a VER. En mi antigua posada, sólo sabían mirar.
Y ahora ya no quiero volver. Ahora conocí el paraíso. Ahora vivo en él.





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