Muchas veces hemos sentido que la vida no vale la pena transitarla. He escuchado y dicho cientos de veces, que es de tonos oscuros, que todo siempre termina por caducar. Que de ella no hay forma de escapar. Pero, yo me cuestiono… ¿Realmente la vida es así? ¿En qué medida la vida me domina o soy capaz de superarla? ¿No será que es la manera de ver todo en ese tono grisaseo, lo que determina finalmente ese resultado?
Creo que lo que realmente me hace sufrir, no siempre es la vida en sí… son mis expectativas respecto a cómo debería ser todo. Mi afán de programar cada jugada. Mi costumbre a no improvisar, a querer controlar. Y es que vivimos llenos de expectativas. Esperando, esperando y esperando. Pero..¿cuándo es que, por fín, nos damos cuenta que debemos disfrutar de lo que hay, de lo que hoy está, de lo que acompaña, de lo que no se va? ¿Por qué vivimos buscando más y más? ¿Por qué somos tan inconformistas que siempre pedimos más?
Si yo hoy me encuentro en excelente estado, por qué sentir la necesidad de agregar, en vez de dedicarme de lleno a lo que ya tengo conmigo?
La naturaleza también tiene sus malezas: los arbustos sus espinas, insectos que dañan, la lluvia cuando diluvia... Y sin embargo, la contemplamos asombrados ante el paisaje. La apreciamos con sus maravillas, y lado salvaje.
Y así también es la vida.. a veces los días, no como se espera. Pero la clave radica en aceptar y no lamentar. Lo que sí podemos hacer, es estar alertas, porque abundan los daños. Simplemente aceptar su naturaleza y adaptarnos a ella. Vivirla como un paquete completo, en el que hay amor, muerte, instantes imborrables y fracasos dolorosos. La aceptamos como nos trajo. A partir de esa aceptación, podés adaptarte a ella. Preguntáte qué capacidad hay dormida en vos. Necesita salir a flote cuando te enfrentes a un nuevo desafío.


































