
Desperté temprano; muy temprano. Abrí los ojos, observé a través de la ventana de par en par levantada, ví como la lluvia caía. Era un feo día. Aparentemente.
Pero..¿por qué iría a catalogar como"feo día", un día que podía estar lleno de luz, si yo me lo permitía?
Necesitaba básicamente reencontrarme conmigo misma. Necesitaba reírme de mi condición. Necesitaba respirar mi soledad. Sentirla. Abrazarla.
Me vestí, arreglé y partí al lugar donde debía ir.
La lluvia aumentó al salir. Eran 13 las cuadras que me distanciaban de la parada del 111. Diluviaba.
Estaba en mí la actitud que tomaba. Reírme o no hacer más que quejarme por embarrarme y empaparme de cabeza a pies.
Y así fue: le ordené a mi sentir y a mi pensar que simplemente disfrutaran, disfrutaran esa soledad.
Unos metros corrí, otros caminé. Algunos pasos sonreí, otros pasos canté.
Salpiqué.
Seguía riéndome sola. Yo y nadie más que mi figura.
Pero principalmente DISFRUTÉ. Disfruté de algo tan simple como es ver el cielo caer en forma de agua.
Mi alma, al fin se serenó; me convencí que todo residía en cómo veía yo.
Encontré por esos instantes que duró mi caminata, regocijo, ganas renovadas de caminar, dar un paso al frente, y salir del estanque en que me encontraba ultimamente.
Y así fue: le ordené a mi sentir y a mi pensar que simplemente disfrutaran, disfrutaran esa soledad.
Soledad antes, algo reprimida. Soledad ahora, bien entendida.





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