
Estamos sin duda en la era psicológica. Al llegar a este tramo del siglo XXI podemos afirmar sin temor a la exageración que el hombre se ha psicologizado. Cualquier análisis de la realidad que se precie va a descansar en el fondo sobre elementos psicológicos. ¿Por qué? ¿Qué ha pasado para que se haya operado este cambio tan ostensible? No se puede dar una respuesta sencilla que resuma todo lo que está sucediendo.
Lo positivo de nuestros días ilumina la realidad desde distintos ángulos. Por una parte, están los grandes avances conseguidos en la ciencia, así como la acelerada tecnificación. La revolución informática nos simplifica el trabajo. También la denominada revolución de las comunicaciones: ya no hay distancias en el mundo. Los derechos humanos han alcanzado nuevas cimas, así como la llegada de la democracia. La progresiva preocupación por la justicia social, que intenta una mayor equidad.
Como contraparte, la cultura burguesa estuvo centrada en el ahorro, la moderación, las costumbres puritanas y, apuntando siempre hacia el día de mañana. Hoy las cosas han cambiado. La cultura posmodernista de nuestros días gira en torno al consumismo, el hedonismo, la permisividad y el culto por el instante transitorio. Entonces ¿qué es lo que todavía puede sorprender y escandalizar? Hay que ir por ello. ¿Quién da más? ¿Y por qué no?
Poco a poco, entramos en una forma especial de masificación. Se alcanza así una cima desoladora y terrible: la socialización de la inmadurez, que está contenida por tres ingredientes: la desorientación (no saber a qué atenerse, carecer de criterios, flotar sin brújula, estar a la deriva), una inversión de los valores, como nueva fórmula de vida y, un gran vacío espiritual, que no deja rastros del hombre. Sociedad decadente y opulenta, en donde TODO invita al descompromiso. Pasión de sensaciones y muerte de los ideales. Nueva teoría de la indiferencia pura y, a la vez, del deseo de experimentar mil sensaciones variadas y excitantes, por si alguna nos diera la clave de la existencia.
Hoy abunda el trabajo para los psicólogos y ¿será que todos los que asisten presentan una enfermedad mental o será que simplemente necesitan ser escuchados, en estos casos por alguien con un conocimiento profesional del tema, pero simplemente para ser escuchados y luego sentirse más distendidos, con un peso menor en su mochila diaria? ¡¡No sabemos escuchar!! ¿Y escuchar significa que las palabras entren por los oídos? ¿Comunicarse significa únicamente hablar y que eso sea recíproco? No, aquí hay un error. No estamos entendiendo lo básico. No estamos involucrándonos, no hay aporte, no hay profundidad. Y los resultados se ven y padecen por todos los puntos en que mires: matrimonios que disuelven la unidad, sin necesariamente haber separación, noviazgos decadentes, si es que puede usarse el término "noviazgo", frivolidad, cada uno juega su partida, sacando tajada de lo que venga mejor, utilitarismo, tomo algo "si me sirve" si me brinda algo, cuando ya no sirve, lo asecho, lo tiro. Y si en lo que debería ser un hogar, la base de la personalidad, esos son los ideales, ¿qué esperamos del mañana?
Lejos estamos de ser humanos, hay que regresar a un humanismo coherente, comprometido con los valores.
Es frecuente hablar del éxito, del triunfo, de cómo alcanzarlo y de la psicología del que llega a esas cimas, pero pocas veces se estudia el fracaso y el valor de las derrotas.
El fracaso es necesario para la maduración de la personalidad. La existencia consiste en un juego de aprendizajes.
"Me interesan los perdedores que han asumido su derrota y han sabido levantarse de ella. Es grande ver a un hombre crecerse ante el fracaso y que empieza de nuevo. Llegará el día -si insiste con tenacidad a pesar de todo- en que esa persona se vaya haciendo fuerte, recia, compacta, rocosa. Sabiendo que por encima de la tempestad que ensordece, su rumbo está claro, sus ideas siguen siendo conseguir los puntos de mira iniciales." Ahí se inician los hombres de vuelo superior. Que no son los que a vista de los demás siempre vencen, sino que saben levantarse, sacar lección del tropezón.
No se puede vivir sin ilusiones. Y para que éstas salgan es necesario tener un afán de superación permanente. Ahí está la clave de una vida exitosa. ¿Te evaluás y ves que en verdad no estás haciendo NADA con tu preciosa vida, sólo dejás que los días transcurran como si nada, con sus actividades normales? Ojo! No mal pienses que un trabajo, un novio, compañeros de salidas, tus actividades, o todo lo que fuere, te llena como persona, no no. ¿Asimilás algo de todo eso? Si no es así, algo está fallando entonces.
Al fin y al cabo todos pertenecemos a la misma especie, la humana, y ésta está hace tiempo en extinción. No abundan los Hombres, abundan los sujetos, sin una identidad clara, perdidos.
Yo creo que hay pocas satisfacciones tan grandes como crecer interiormente día tras día, madurar, y por sobre todas las cosas ayudar al que está al lado. Quizás esa persona te haya perjudicado, te haya producido daños, te haya desilucionado, o quizás sin haberte causado nada, ves que en su vida hay cosas que están flotando. Seguramente esos daños y errores tienen causas, pero ¿por qué siempre caemos en la causa de los hechos, por qué insistimos en saber por qué nos hicieron eso, sin importarnos que andará mal interiormente en el otro para que reaccione así. Seguramente las causas están, pero por qué no mostrarle algo diferente, por que no vencer al menosprecio, a la indiferencia, al instinto orgulloso que nos caracteriza, por qué no acompañar la lucha interna del que está al lado, y entender un poco qué es lo que nos está pasando.
Reflexionemos, pero realmente la vida es una joya, y son demasiadas, demasiadas pocas las personas que lo tienen en cuenta. Y es una tristeza, una tristeza ver como todo, absolutamente TODO se degrada.
La vida no se improvisa, se programa. Así se perfila la vida, anticipándonos a ella: adelantándonos, para organizarla y evitar que nos arrolle con sus vaivenes. Planear la vida, diseñarla, ponerla fronteras, acotarla, dibujar sus contornos y luego andarla.
Este debe ser el objetivo para llegar a lo interno de uno mismo, para ser persona, sujeto con una identidad clara, hombre no masificado. La otra cara de la moneda es la del hombre que va tirando, que vive improvisando, traído y llevado por el vaivén de tanta circunstancia.
No nos quedemos con migajas, actuemos y ya, porque ni siquiera la persona más millonaria de este mundo compró la vida. La muerte es lo único común a todos los seres humanos, y en ese largo letargo ya nada sirve.





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